







Tras las huellas de Ulises. Página de reflexión propia. Algunos pedazos de mi experiencia personal, inquietudes, aficiones, apuntes que aprovechen a la familia, inconfesables y algunas cosas más...








iplicado por mil e inútil del hombre por el hombre. Cualquier filosofía y teología se queda corta para explicar esta persecución sin fin. Hoy sorprende y asquea este comportamiento. Hay ejemplos inmediatos, aún ahora, de comportamientos abominables individuales de lo que podemos ser. Nadie podría después de tanto mal amontonado año tras año y siglo tras siglo aseverar que nada de lo que se ha producido no se volverá a producir. Vivimos en nuestra pequeña tregua de exclusión de guerra y persecución; pero en muchos lugares de este mundo eso nunca se ha producido y en los que está más o menos instalado ¿por cuánto tiempo? La desolación y la provisionalidad, junto con la desconfianza en el hombre, anegan el sentimiento de pesimismo. La recuperación del pasado, la justicia tardía y contra nadie, pero justicia al fin, nos reconcilia con lo mejor de ese sentimiento, aunque el odio innato no pueda contenerse por haber dado en alguno de sus blancos. Pero no es el odio cumplido el que nos ennoblece. Es la culminación de alguna sombra de justeza en el convencimiento de lo que nunca debiera haber sucedido. Divagaría así por rutas inexploradas de las que tal vez solo yo podría dar cuenta en un monólogo alocado e insensato… Pero la recuperación de los restos de Víctor Jara, con el que tanto cantamos, remedando a Miguel Hernández, me reconcilia con el otro Pedro, aquel ser noble, ingenuo y convencido de cierta fuerza para cambiar un mundo que siempre repugna al que empieza a pensar. Por eso, yo también pienso que sería necesario recuperar e identificar los restos de García Lorca y de tantos otros. Saldrían así a la luz muchos fantasmas del pasado. A los verdugos… el olvido más absoluto que acalla al menos al rencor y a la exclusión del perdón.
Sobre las 11 de la mañana fuimos progresivamente apareciendo con mejor o peor suerte según la calidad de los tomtomes pues bien pocos supieron dar con las coordenadas cartográficas en que se sitúa el lugar del encuentro. Por más señas, un pino grande y los contenedores de basura y las palmeras para suplir a los artefactos de la técnica: como buscar una aguja en un pajar. Pero sobre las 12 ya estábamos todos reunidos. Los abrazos y en seguida a la faena: el almuerzo de morcillas, chorizos, longanizas, cafelito y pasteles. Charlas, recuerdos, muchos recuerdos... sobre todo con aquellos que hacía más tiempo de desencuentro: Ramón y Bernabeu de Cox. Aunque el tiempo ha pasado una pátina de nieve sobre todas las cabezas y sobre muchas también una guadaña con que despejar nuestras frentes, pero allí estábamos todos reconocibles: Mora, Agulló, Pacheco, Rael, Valentín, Bernabeu, Ramón, Berenguer, Martorell, Julio, Pedro y Simón que se reincorporó algo más tarde, pero a tiempo de la comida principal.
cantó la gran Amalia Rodrigues, ahora interpretado por la inconmensurable Dulce Pontes. Bailar, soñar, cantar, enamorarse con el mar de fondo y con un mar celoso y absoluto al que hay que ocultar nuestras querencias. El de cierre es de otra gran artista portuguesa, Mariza; su canto, Gente da minha terra. La voz quebrada del fado, aterciopelada por la feminidad de las cuerdas vocales que lo suspiran, se cuela hondo, hondo en algún recoveco del alma. La tristeza fádica, la nostalgia de los anhelos no vividos, la recibimos del pueblo, del terruño, de la madre que nos parió.
s por un hechizo mágico en el momento de saltar en jauría: el Santa Bárbara, La Rápita por detrás de Castellnovo, el pico Espadán (que da nombre a toda la sierra) por encima de Almedíjar, El Bellota, el Tarraguán remontando Azuébar, el Pipa que ya goza del espectáculo directo de las islas Columbretes. Y los dos pulmones se juntan en el llano de Sagunto donde desemboca el Palancia que ha venido separando ambas cordilleras con la dispersión de pueblos que beben de sus orillas: Segorbe, Soneja, Sot de Ferrer con la enorme cúpula de su iglesia barroca y la gracia de su palacio renacentista. Subí con mis buenos amigos Luis, Mary y Carmen al monte Rodeno para aventurarnos perdiendo el miedo al vértigo sobre sus cantiles cabalgados que amenazan con avalancharse sobre la carretera que va a Altura y el barrio de la Tejería. Allí reposamos tras la ascensión tumbados sobre los omoplatos de las piedras para departir y admirar. Tras el descenso y a requerimiento mío subimos al Águila por la cara oeste, por la que hay que trepar y escalar y meterse entre aliagas, zarzales y carrascas. El esfuerzo merece la pena. A medida que ascendemos se nos presenta a la vista toda la palma de territorio que hay entre Liria y Casinos y entre este y Alcublas y la Cueva Santa . Escalamos el último tramo de piedra de rodeno que nos encarama al alto donde está el punto geodésico. Sólo 878 metros de altura pero que se convierten en el mejor observatorio de la serranía castellonense: todo el despliegue cartográfico con que he comenzado esta reflexión. Todavía no se han desplomado las nubes negras y amenazantes que ya se ven venir y que desde el día siguiente van a sumir a la zona en un diluvio pertinaz. Allí, al arrimo del punto geodésico y de la caseta del forestal, tomamos un almuerzo compartido con café incluido. En esa misma caseta pasé largos ratos de charla sobre la vida y los montes con Juan el forestal, un buenhombre de Segorbe de ciencia infusa sobre la madre naturaleza, alguien machadianamente bueno. Ya ha cambiado por la edad las cumbres por la llanura que aún patea en su jeep con su misma intención de mantenimiento de la herencia paisajística de estos parajes. En los largos momentos de tedio silencioso frente al misterio de la montaña y el paciente aguante de sus iras, tempetades, rayos y truenos, donde cualquier otro se hubiera aburrido mortalmente, este buen funcionario del dios Pan se entretuvo plasmando en once folios todo el paisaje que veía a su alrededor, detallando cada nombre, cada accidente geográfico, cada localidad y camino. Poseo una copia de tan valioso documento que los funcionarios que le han seguido casi ni tienen en consideración. Bendito hombre. 
Aquí, una buena selección de buenas melodías helénicas.
Tis agapis maxairia" performed by Kostas Karafotis
Lupamai Eilikrina by Elli Kokkinou
Y dos enlaces de Glykeria y una tercera de propina con Paskalis Terzis
TZIVAERI by Glykeria
Mehri na ginoume aggeloi by Glykeria
Glykeria y Paschalis Terzis
KYKLOS by Glykeria
Buscad cantantes griegos (elines tragudistés) en youtube y escuchad algún título al azar. Os sorprenderá. Aquí tenéis un enlace a una página en que pinchando en los autores que allí aparecen escucharéis parte de un tema suyo (es inmediata la carga); pero la lista no está actualizada. La canción que aparece en Theodorakis es "sublime".
ELINES TRAGUDISTÉS

DELOS, la isla donde no se nace ni se muere; la isla de las ofrendas, de los tesoros, del comercio y de la religión griega. Donde Júpiter ocultó el fruto de sus amores adúlteros con Leta. La cuna de Apolo y Artemisa. La llegada a la isla da sensación de tranquilidad y paz. En el mar aún no hiere el meltmen que se levantará en breve y azotará el Egeo durante una semana. Detrás de su puertecito se ven esparcidos a lo largo de la costa los restos de la antigua Delos donde inicialmente estuvieron los templos de ambos dioses, la palmera que los vio nacer y la galería de los repuestos leones estilizados, más asirios que micénicos, que solo necesitan bostezar más que rugir para mantener a los peregrinos a raya. En el centro de la isla, más allá del actual museo, el monte Cinto (Cintos se llamó tamb
ién la isla en un tiempo). Se distingue claramente la senda escalonada que asciende a su cima. Hace un día de calor sofocante. Después de la visita turística de rigor, de leer los apuntes de las guías, de visitar su no muy refrescante museo -allí al menos no azota el sol de justicia- y de sonreír a algún que otro falo que, como en Pompeya, da noticia del ejercicio de una de las pocas juergas que entonces se podían permitir los humanos y la pasión por excelencia de los dioses -por encima de la bélica-, me decido a ascender a su única altura, el monte Cinto, de apenas 113 metros. El excesivo calor hace proferir alguna que otra injuria; pienso entonces que por qué no volver dicha ofensa contra una divinidad del lugar. Lo propio. Entonces blasfemo "me c* en Artemisa". Apenas había acabado de proferirlo casi me trago el escalón que estaba en esos momentos iniciando; me hubiera dejado los dientes allí. En la bajada perdí mi codiciado gorro con bolsillito, que me resguardaba de la furia de Apolo. Tal vez volado por el ímpetu de su soplo aniquilador. Oh, dioses, perdonad los improperios de este atrevido humano que os creía bien dormidos en la vorágine de la historia. La furia que arrasó Troya aún persiste; y no hay mayor ofensa para un dios griego que el que se le desconsidere. Pienso en Ulises; su órdago a Poseidón le supuso un destie
rro de diez años de su patria y de los abrazos de su excelsa mujer Penélope (aunque bien sustituidos por los abrazos abrasivos de Circe). A la vuelta a Mykonos temí que mi barco también se fuera a perder en las procelosas y espumosas aguas egeas y me viera privado de mi patria y mi familia por otros diez años. Arriba del monte Cinto el viento soplaba con rigor y era casi imposible mantener la posición; a sus pies la calma era absoluta. A solo cien metros de vuelo los dioses ya hacen alarde de su poderío. Todo el monte estaba sembrado de fitas de piedrecitas con que los abstrusos turistas intentan eternizar su paso por la isla. Me abstuve por no dar más motivos a Artemisa para su furia. Y por no ser un necio turista más.